CUALQUIER DÍA PUEDE SER EL DÍA

Una de las cosas que siempre me ha llamado más la atención en mis múltiples andaduras por el Camino de Santiago es encontrarme de forma repetida con pequeños monumentos u homenajes que dejan constancia de que en aquel preciso lugar dejó su vida una persona que caminaba del mismo modo que lo estoy haciendo yo. Cruces, placas, pequeñas estelas, con fechas, nombres y en ocasiones un breve epitafio, dejan un emocionante testimonio de lo que allí ocurrió un día para todos los que transitamos por ese tramo del Camino.

Hace mucho que pienso que el Camino constituye una insuperable analogía de la vida misma por infinidad de razones que ahora no me extenderé en comentar. Una de ellas es que por mucho que te empeñes no puedes planificarlo todo, ni controlarlo todo; de hecho, puedes estar seguro de que van a suceder cosas con las que no contabas, o que ni te habías imaginado. Como en la vida. Y precisamente eso forma parte de la magia del Camino. Por eso, y aunque el Camino es el que es, no hay dos Caminos iguales, hay tantos como personas lo recorren, e incluso cuando vuelves no experimentas lo mismo, entre otras cosas porque tú no eres el mismo que se calzó las botas unos años atrás.

Cuando me cruzo con una de las señales sagradas que indican que allí finalizó la vida de alguien pienso en cómo debió suceder, en quién era, qué le llevó a emprender la aventura, si iba solo o acompañado, si era su primera vez o repetía. Pero hay una reflexión común que se impone: no lo esperaban. Muy probablemente, a ninguna de estas personas, muchas de las cuales vinieron de muy lejos, le pasó por la cabeza cuando se levantó por la mañana y empezó a caminar que esta iba a ser su última etapa, del Camino y de la vida.

La curiosidad me llevó un día a indagar acerca de estas muertes, y los datos me sorprendieron. Cada año la muerte sorprende en el Camino a un cierto número de peregrinos/as, no es un hecho aislado. Un primer pensamiento puede ser el clásico ¿cómo es posible?, o incluso otro pensamiento más timorato puede concluir que el Camino es una actividad peligrosa. La idea preconcebida que tenemos es que nadie debe morir (como en la pandemia), y que si el caminante muere es porque algo se ha hecho mal y se podría haber evitado. Creer eso, como hacemos en nuestras vidas cotidianas, es el gran error que nos lleva a la locura de la prevención hasta extremos neuróticos y ridículos.

Y sí, en el Camino hay muertes por accidente, por un golpe de calor, o incluso por imprudencias, pero también las hay inexplicables, y las hay por infartos, por paradas cardiacas inesperadas, o que suceden mientras el peregrino dormía tranquilamente. Algunos han muerto jóvenes, otros no tanto, y otros a avanzada edad. Algunos murieron nada más empezar a caminar y otros lo hicieron poco antes de llegar a destino. Algunos ya estaban enfermos y otros no tenían ningún problema de salud conocido. Entonces, ¿qué tenían en común? Pues, sencillamente, que vivían, porque solo quien vive puede morir, y solo por el hecho de estar vivo corre el riesgo de morir. Cualquier día. No fue el Camino lo que causó la muerte, sino que la muerte les sorprendió en el Camino. Y teniendo en cuenta los miles y miles de personas que lo recorren cada año (más de 300.000 en 2019, el último año prepandemia), estadística en mano no es en realidad nada sorprendente que pudieran fallecer en ese periodo una docena de peregrinos, a pie o en bicicleta.

Hace pocos días, una de esas muertes ocurrió a muy poca distancia de donde yo estaba caminando. Para aquel peregrino, fue el día, la hora y el lugar. Me enteré cuatro días después en uno de los alojamientos cuando me explicaron lo que había ocurrido y al atar cabos y darme cuenta de las coincidencias entendí algún movimiento y revuelo que había percibido aquel día cuando ya llegaba al final de la etapa. Él no llegó. La noticia me conmovió, y reafirmó el pensamiento de que cualquier día puede ser el día, cualquiera. Me hizo experimentar una vez más ese destino compartido que nos iguala, nos une, y nos hace más humanos a todos. Y, desde luego, no sentí en absoluto más miedo de salir a caminar al día siguiente.

La consciencia de finitud y de imprevisibilidad no tiene por qué hacernos vivir con más temor, creo que en realidad es todo lo contrario, nos ayuda a vivir con más intensidad, generosidad y libertad. Aquella mañana mis sentidos estaban más vivos, abiertos y despiertos para captar los colores del paisaje, los sonidos del Camino, la frescura del aire o el calor del sol, y experimentaba un profundo agradecimiento por cada uno de aquellos instantes vividos, que eran únicos e irrepetibles. A pesar de los dolores articulares que me siguieron acompañando. Es la vida, ni más ni menos.

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  1. El concepto de finitud no activa miedos sino que los disipa. Porque lo cierto es q pudiendo controlar muchas variables, siempre hay alguna que se nos escapa. Con lo cual, aunque hagamos una pequeña planificación, el día siempre nos sorprenderá con imprevistos, uno de ellos puede ser nuestra muerte o la de un ser querido. Carpe minutem. Gracias Juan Carlos

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