Cuando hablamos del miedo a la muerte, o a morirnos, que no necesariamente es lo mismo, nuestra imaginación juega en contra nuestra, como sucede con todos nuestros miedos. El monstruo indefinible e inabarcable, desconocido, y del que se sabe solo de oídas o por experiencias previas de otras personas, puede que cause más pavor así, en el imaginario, que si lo desmontamos por piezas.



Desmontando el morirse


Parte de ese temor puede ser a lo que ocurrirá (o no) más allá, cuando ya no estemos aquí en cuerpo físico. Eso tiene que ver con las creencias de cada uno y desde este lado poco más podemos hacer que trabajarlo personalmente como mejor considere cada uno. Pero no depende de nosotros como sociedad (ni del sistema).


Otra parte, en mi opinión muy importante (si no la más determinante) es el miedo a todo lo que sucede o puede suceder antes de morir, ahí radican buena parte de los temores, y para muestra un botón con el debate acerca de la eutanasia.


Pero, en medio, tenemos el momento de morir. Y ahí me detengo en este breve artículo. La lectura de una reciente entrevista a la Dra. Kathryn Mannix, en la que habla desde la experiencia y cuenta como la mayor parte de las muertes son más tranquilas de lo que nos imaginamos, me ha hecho recordar lo que explicaba Michelle de Montaigne en alguno de sus célebres ensayos hace unos cinco siglos.


Montaigne sufrió a los 36 años una caída del caballo de la que salió muy malparado, tanto, que estuvo un tiempo entre la vida y la muerte. No morir le permitió explicar su experiencia y reflexionar con su lucidez habitual. Y sus conclusiones eran muy parecidas a las de la Dra. Mannix. Mientras percibía cómo los que le atendían y acompañaban lo pasaban muy mal y sufrían por su situación, él se sentía en otro plano distinto, entregado, plácido, como en el sopor que precede al sueño, y a eso lo comparó. Consideraba que la naturaleza era la mejor aliada en ese trance, y que hay que dejarle hacer, sin resistirse a sus designios. Concluía (en la línea de Epicteto, por ejemplo), que dado que tú te vas antes de que llegue la muerte, no llegas a encontrarte con ella, y por tanto no debes preocuparte ni pretender controlar algo que nunca va a estar bajo tu control.



Naturaleza y muerte


A esa aliada de la que hablaba Montaigne, la naturaleza, le dejamos muy poco o ningún margen de actuación. Sin duda, a veces se comporta con crueldad (desde nuestra óptica humana, limitada). Pero en otras nuestro empecinamiento en impedirle participar en el que no deja de ser su feudo (no es el nuestro) nos lleva a ponerle todos los palos a las ruedas posibles (en forma de obstinación terapéutica), o a darle empujones innecesarios (léase, sedaciones compulsivas o protocolarias) cuando tenía prevista una apacible transición sin más.


Es obvio que no todas las muertes son tranquilas y plácidas, con o sin cuidados paliativos (aunque sin ellos tendrán muchas menos posibilidades de serlo). Pero también es cierto que muchas personas se imaginan el momento del morir (y su prólogo) como algo terrorífico, cuando la verdad es que no es así la mayoría de las veces, tal como describe la Dra. Mannix, con más de 10.000 casos a sus espaldas. Otra cosa es la vivencia de los supervivientes, que sí puede ser terrorífica (como la de quienes rodeaban a Montaigne), porque está empapada hasta la saturación de la negación a la muerte y de la resistencia a que suceda lo inevitable (además, y no es menos importante, del dolor de la pérdida). Y esa vivencia acaba condicionando el proceso del que se va (que debería ser el auténtico protagonista).


Contra el miedo a lo imaginado, conocimiento y formación. Y reflexión. Nos corresponde acotar el miedo a lo que es real, y poner todo nuestro empeño como personas individuales (cada una responsable de su propio proceso de preparación y maduración) en trabajar lo que sí está a nuestro alcance sin dejarlo en manos de otros y sin esperar que el Estado nos lo resuelva con nuevas leyes. Lo contrario, será otra falsa expectativa que sumar a las muchas que alimentan el mal morir de nuestros conciudadanos.

Cuando hablamos del miedo a la muerte, o a morirnos, que no necesariamente es lo mismo, nuestra imaginación juega en contra nuestra, como sucede con todos nuestros miedos. El monstruo indefinible e inabarcable, desconocido, y del que se sabe solo de oídas o por experiencias previas de otras personas, puede que cause más pavor así, en el imaginario, que si lo desmontamos por piezas.



Desmontando el morirse


Parte de ese temor puede ser a lo que ocurrirá (o no) más allá, cuando ya no estemos aquí en cuerpo físico. Eso tiene que ver con las creencias de cada uno y desde este lado poco más podemos hacer que trabajarlo personalmente como mejor considere cada uno. Pero no depende de nosotros como sociedad (ni del sistema).


Otra parte, en mi opinión muy importante (si no la más determinante) es el miedo a todo lo que sucede o puede suceder antes de morir, ahí radican buena parte de los temores, y para muestra un botón con el debate acerca de la eutanasia.


Pero, en medio, tenemos el momento de morir. Y ahí me detengo en este breve artículo. La lectura de una reciente entrevista a la Dra. Kathryn Mannix, en la que habla desde la experiencia y cuenta como la mayor parte de las muertes son más tranquilas de lo que nos imaginamos, me ha hecho recordar lo que explicaba Michelle de Montaigne en alguno de sus célebres ensayos hace unos cinco siglos.


Montaigne sufrió a los 36 años una caída del caballo de la que salió muy malparado, tanto, que estuvo un tiempo entre la vida y la muerte. No morir le permitió explicar su experiencia y reflexionar con su lucidez habitual. Y sus conclusiones eran muy parecidas a las de la Dra. Mannix. Mientras percibía cómo los que le atendían y acompañaban lo pasaban muy mal y sufrían por su situación, él se sentía en otro plano distinto, entregado, plácido, como en el sopor que precede al sueño, y a eso lo comparó. Consideraba que la naturaleza era la mejor aliada en ese trance, y que hay que dejarle hacer, sin resistirse a sus designios. Concluía (en la línea de Epicteto, por ejemplo), que dado que tú te vas antes de que llegue la muerte, no llegas a encontrarte con ella, y por tanto no debes preocuparte ni pretender controlar algo que nunca va a estar bajo tu control.



Naturaleza y muerte


A esa aliada de la que hablaba Montaigne, la naturaleza, le dejamos muy poco o ningún margen de actuación. Sin duda, a veces se comporta con crueldad (desde nuestra óptica humana, limitada). Pero en otras nuestro empecinamiento en impedirle participar en el que no deja de ser su feudo (no es el nuestro) nos lleva a ponerle todos los palos a las ruedas posibles (en forma de obstinación terapéutica), o a darle empujones innecesarios (léase, sedaciones compulsivas o protocolarias) cuando tenía prevista una apacible transición sin más.


Es obvio que no todas las muertes son tranquilas y plácidas, con o sin cuidados paliativos (aunque sin ellos tendrán muchas menos posibilidades de serlo). Pero también es cierto que muchas personas se imaginan el momento del morir (y su prólogo) como algo terrorífico, cuando la verdad es que no es así la mayoría de las veces, tal como describe la Dra. Mannix, con más de 10.000 casos a sus espaldas. Otra cosa es la vivencia de los supervivientes, que sí puede ser terrorífica (como la de quienes rodeaban a Montaigne), porque está empapada hasta la saturación de la negación a la muerte y de la resistencia a que suceda lo inevitable (además, y no es menos importante, del dolor de la pérdida). Y esa vivencia acaba condicionando el proceso del que se va (que debería ser el auténtico protagonista).


Contra el miedo a lo imaginado, conocimiento y formación. Y reflexión. Nos corresponde acotar el miedo a lo que es real, y poner todo nuestro empeño como personas individuales (cada una responsable de su propio proceso de preparación y maduración) en trabajar lo que sí está a nuestro alcance sin dejarlo en manos de otros y sin esperar que el Estado nos lo resuelva con nuevas leyes. Lo contrario, será otra falsa expectativa que sumar a las muchas que alimentan el mal morir de nuestros conciudadanos.

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