La bondad no está de moda. En nuestra sociedad, no. La bondad, cuando se muestra, que lo hace, porque por mucho que se empeñen los incrédulos la bondad existe, puede desencadenar varias actitudes, la mayor parte de las cuales tienen muy poco de bondadosas.


En estos tiempos de posverdad, en los que la verdad se licúa al servicio de los intereses o gustos de cada uno, y en los que mentir o disfrazar la realidad hasta hacerla irreconocible es casi una obligación si no se quiere pasar por ingenuo o directamente por imbécil, la presunta bondad es en primer lugar sospechosa de ocultar oscuras intenciones. La gratuidad, en un mundo sometido a la tiranía del valor económico de absolutamente todo, también es sospechosa. Si alguien nos ofrece algo desinteresadamente, lo miramos con recelo, damos un paso atrás y tratamos de desentrañar qué es lo que quiere de nosotros. creer que alguien me regale algo, aunque sea su tiempo o su presencia.


Otra actitud es la del desdén o la descalificación. Leo la crítica de una película en la que esta es calificada de ñoña, cursi e infumable, y uno piensa que verá un cuento para niños rebosante de ingenuidad, pero se encuentra con una bonita historia en la que mezclados con el egoísmo y la indiferencia generalizada emergen personas que realizan acciones que nos recuerdan la grandeza del ser humano, acciones que son perfectamente creíbles y posibles, al menos para algunos. Sin embargo, esas acciones bondadosas son consideradas como poco reales, impropias de una ficción medianamente seria.


Parece que tenemos miedo de actuar con excesiva bondad, como si eso fuera un acto de debilidad, una vía de entrada para que nos tomen el pelo, para que nos escatimen algunos euros, o para ponernos en peligro por ser demasiado ilusos. Incluso hemos acuñado un término peyorativo para calificar a quienes se pasan de buenos (¿según el criterio de quién?) y ponen en riesgo la seguridad de la comunidad: el buenismo (qué palabra más fea).

Decía un personaje de la grandiosa novela de Vasili Grossman, Vida y destino: Yo no creo en el bien, creo en la bondad. Pues yo también creo en la bondad, y creo que se puede creer en el bien siempre que se aleje de cualquier dogmatismo y al mismo tiempo del relativismo que nos quiere hacer creer que todo está igual de bien. Y si hay bondad, que la hay, es porque hay personas bondadosas, o que tienen momentos de bondad, mal que les pese a los más escépticos o malpensados.


Y es bondad lo que necesitan los enfermos, es bondad lo que necesitan quienes sufren, es bondad lo que necesitan quienes van a morir, bondad en quienes les atienden y cuidan, una bondad que se manifiesta a través de gestos a menudo intangibles, gestos de humanidad, gestos que no pueden sustituirse por fármacos ni por protocolos ni por leyes que carecen de toda bondad, gestos que se agradecen, que dignifican, que conmueven, que acompañan, que consuelan, que alivian, y que nos hacen sentir a todos más humanos, porque compartimos destino.


La bondad existe, e impregna las acciones de infinidad de profesionales de la salud e infinidad de familiares, cada día, en los centros sanitarios y en los domicilios, entendiendo que la ciencia (tanto la médica como la económica) es insuficiente y es un instrumento a nuestro servicio, pero nunca un fin, ni un dios al que hay que obedecer sin más. La bondad, eso que para muchos “no sirve para nada”, porque no va a lograr curaciones ni va a impedir muertes ni va a acabar con el sufrimiento, lo transforma todo. Sería deseable que el sistema y las normas y leyes que lo sostienen contribuyeran a abrir y despejar caminos para facilitar que la bondad pueda manifestarse al lado de los enfermos, y que se modificara su estructura para que esa bondad encuentre amparo y acogida sin ser arrinconada a fuerza de una muy discutible escala de prioridades. Esa es una de las vías para la tan ansiada humanización de la salud.

La bondad no está de moda. En nuestra sociedad, no. La bondad, cuando se muestra, que lo hace, porque por mucho que se empeñen los incrédulos la bondad existe, puede desencadenar varias actitudes, la mayor parte de las cuales tienen muy poco de bondadosas.


En estos tiempos de posverdad, en los que la verdad se licúa al servicio de los intereses o gustos de cada uno, y en los que mentir o disfrazar la realidad hasta hacerla irreconocible es casi una obligación si no se quiere pasar por ingenuo o directamente por imbécil, la presunta bondad es en primer lugar sospechosa de ocultar oscuras intenciones. La gratuidad, en un mundo sometido a la tiranía del valor económico de absolutamente todo, también es sospechosa. Si alguien nos ofrece algo desinteresadamente, lo miramos con recelo, damos un paso atrás y tratamos de desentrañar qué es lo que quiere de nosotros. creer que alguien me regale algo, aunque sea su tiempo o su presencia.


Otra actitud es la del desdén o la descalificación. Leo la crítica de una película en la que esta es calificada de ñoña, cursi e infumable, y uno piensa que verá un cuento para niños rebosante de ingenuidad, pero se encuentra con una bonita historia en la que mezclados con el egoísmo y la indiferencia generalizada emergen personas que realizan acciones que nos recuerdan la grandeza del ser humano, acciones que son perfectamente creíbles y posibles, al menos para algunos. Sin embargo, esas acciones bondadosas son consideradas como poco reales, impropias de una ficción medianamente seria.


Parece que tenemos miedo de actuar con excesiva bondad, como si eso fuera un acto de debilidad, una vía de entrada para que nos tomen el pelo, para que nos escatimen algunos euros, o para ponernos en peligro por ser demasiado ilusos. Incluso hemos acuñado un término peyorativo para calificar a quienes se pasan de buenos (¿según el criterio de quién?) y ponen en riesgo la seguridad de la comunidad: el buenismo (qué palabra más fea).

Decía un personaje de la grandiosa novela de Vasili Grossman, Vida y destino: Yo no creo en el bien, creo en la bondad. Pues yo también creo en la bondad, y creo que se puede creer en el bien siempre que se aleje de cualquier dogmatismo y al mismo tiempo del relativismo que nos quiere hacer creer que todo está igual de bien. Y si hay bondad, que la hay, es porque hay personas bondadosas, o que tienen momentos de bondad, mal que les pese a los más escépticos o malpensados.


Y es bondad lo que necesitan los enfermos, es bondad lo que necesitan quienes sufren, es bondad lo que necesitan quienes van a morir, bondad en quienes les atienden y cuidan, una bondad que se manifiesta a través de gestos a menudo intangibles, gestos de humanidad, gestos que no pueden sustituirse por fármacos ni por protocolos ni por leyes que carecen de toda bondad, gestos que se agradecen, que dignifican, que conmueven, que acompañan, que consuelan, que alivian, y que nos hacen sentir a todos más humanos, porque compartimos destino.


La bondad existe, e impregna las acciones de infinidad de profesionales de la salud e infinidad de familiares, cada día, en los centros sanitarios y en los domicilios, entendiendo que la ciencia (tanto la médica como la económica) es insuficiente y es un instrumento a nuestro servicio, pero nunca un fin, ni un dios al que hay que obedecer sin más. La bondad, eso que para muchos “no sirve para nada”, porque no va a lograr curaciones ni va a impedir muertes ni va a acabar con el sufrimiento, lo transforma todo. Sería deseable que el sistema y las normas y leyes que lo sostienen contribuyeran a abrir y despejar caminos para facilitar que la bondad pueda manifestarse al lado de los enfermos, y que se modificara su estructura para que esa bondad encuentre amparo y acogida sin ser arrinconada a fuerza de una muy discutible escala de prioridades. Esa es una de las vías para la tan ansiada humanización de la salud.

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  1. Hola Juan Carlos me ha gustado mucho. Y es una linea de investigacion dentro de la Medicina Paliativa , los intangibles. Conozco una investigacion sobre el agradecimiento que me descubrió todo un panorama para mostrar los “intangibles” fue realizada por una enfermera
    Un saludo

  2. Hola Juan Carlos, claro, conciso.
    A veces dudo que lleguemos a recuperar esa bondad y recupero la confianza al leer artículos como el tuyo.
    Gracias

  3. Me ha encantado… como siempre tan real con tus comentarios que se me ocurren mil situaciones en las que percibimos la carencia de la bondad, o esa falsa bondad que oculta otras intenciones…
    Ojalá se le de valor y protagonismo… ojalá merezcamos una sociedad más auténtica!!
    Gracias por tu artículo!

  4. Al leerte pienso en como se ha transformado la sociedad despues de la pandemia,y a muy pesar nuestro ha enfermado mas que antes.El ego mas presente que nunca.

  5. Gracias por sus palabras, es reconfortante cuando alguien plasma lo mismo que uno siente, y que la sociedad ha convertido en un tabú, al identificar bondad con debilidad. Tanta revolución tecnológica y resulta que en millones de años no se ha evolucionado más que superficialmente. En el paleolítico al menos había pureza, hoy ni siquiera eso.

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