Desnudando el estado del bienestar

Tiempo de mascarillas y de máscaras. Mascarillas para proteger y protegerse, y máscaras que caen dejando al descubierto fantasías y miserias.


La sociedad occidental, especialmente la europea, acomodada, egoísta, timorata, envejecida, lenta de reflejos, consumidora compulsiva, y adicta a la seguridad en todas sus formas, ve como su adorado estado del bienestar queda en evidencia, y de qué manera. El solemne y gran edificio ha sido demolido en un santiamén por un microorganismo que ha desatado la cara más terrible del poder de la naturaleza que pretendemos someter y dominar. Los políticos ven estupefactos cómo el tsunami les pasa por encima, y los más mediocres entre sus filas balbucean palabras que apenas nadie cree. Y los ciudadanos, todavía frotándose los ojos para cerciorarse de que esto no es un sueño, también se muestran fieles a lo que son cada uno de ellos. 


Mientras los que deberían tomar decisiones pensando solo en el bien común no desaprovechan la ocasión de hostigar al adversario para no perder la costumbre, otros, los de siempre, toman la iniciativa para auxiliar a quien lo precisa. Mientras unos se preocupan de que llegue lo esencial a quien está solo o es más vulnerable, otros exhiben egoísmo acaparando lo que no necesitan. Mientras unos se confinan y se tragan la angustia de la incertidumbre, otros se toman el confinamiento a rechifla imaginando que esto no va con ellos. Mientras los profesionales sanitarios (y otros muchos) cumplen con su cometido en primera línea, como han hecho y hacen siempre pese a que sus condiciones de trabajo en situación ordinaria ya son a menudo muy precarias y difícilmente soportables, los responsables de esas condiciones presumen de tener el supuesto mejor sistema sanitario del mundo (a costa del voluntarismo de los propios profesionales). Cada uno se pone en su sitio. 


Hace mucho que convertimos la muerte en un accidente, en un error (de alguien), en algo evitable, controlable, y la gente se lo creyó. Los más insensatos y soberbios hablan de prolongar la vida más allá de los 120 o 140 años, o incluso hablan de inmortalidad y se quedan tan anchos, sacando pecho de lo que la ciencia puede hacer por el ser humano. Si entonces la muerte, esa muerte habitualmente silenciada y mantenida fuera del campo visual, irrumpe y es retransmitida en directo, dando la falsa sensación de que antes del coronavirus no moría nadie, a alguien habrá que echar la culpa, ese será el último coletazo del delirio de control.


Aparecerán las teorías conspiratorias que responsabilizarán a taimados países, habrá acusaciones sobre las malas decisiones políticas y administrativas y los errores de previsión y ejecución (pero la culpa siempre será del otro), se mirará con sospecha a los que dirigen residencias y centros de mayores, y hasta se cuestionará a los profesionales sanitarios que en unas condiciones extremas y nunca vistas ni vividas ni entrenadas tenían que decidir a quién poner en una UCI y a quién no. Todo ello se hará sin rigor ni rubor alguno. Y en el fondo de todo subyacerá la no aceptación de que somos finitos, mortales, y extremadamente vulnerables a la contingencia, a lo no previsto, que se ha presentado con toda su virulencia.


Todos tenemos miedo, y es lógico. A nadie le apetece morirse, ni que muera un familiar o un amigo sin siquiera poder estar a su lado, que es una de las peores pesadillas de lo que está sucediendo. Pero también genera miedo la sensación de descontrol, de que no decidimos nosotros ni gobernamos los acontecimientos, sino que la naturaleza, o el universo, o el simple azar, están imponiendo su ley. Y aceptar eso exige mucha humildad, y mucho valor. 


La cuestión no es no tener miedo, la cuestión es no permitirle que se apodere de nosotros. Y la diferencia está en qué hacemos con él. Y es que ese mismo miedo nos debe impulsar a ser más solidarios. Harán falta mucha solidaridad y mucha generosidad, no solo para salir de esto, sino para sostener lo que vendrá después, con todas las secuelas que la crisis va a dejar en el interior de las personas, economías aparte.


Sí, todos tenemos miedo, y todos vamos a perder algo, o ya lo hemos perdido, aunque solo sea la libertad para hacer lo que nos venga en gana durante un largo periodo. Meter la posibilidad de la pérdida en la ecuación de nuestra vida, no como una anomalía de la que hay que culpar a alguien, sino como algo con lo que hemos convivido desde siempre, aunque no lo quisiéramos ver, nos puede liberar de una parte de ese miedo y nos ha de ayudar a levantar la mirada hacia el otro, tan vulnerable como yo, tan mortal como yo. Descentrarnos de nosotros mismos y ejercer como auténticos seres humanos con capacidades extraordinarias puede contribuir a descubrir algo que ya teníamos, pero no había emergido, porque estábamos demasiado distraídos con nuestra sucesión de actividades concatenadas. Las crisis, y el sufrimiento, tienen eso. Nos sacan de la zona conocida y nos exponen a cambios no deseados. Es una inmensa oportunidad para crecer como personas, aunque eso va a depender de cada uno. Y también debería serlo para crecer y cambiar como sociedad, pero ¿seremos capaces? 

Tiempo de mascarillas y de máscaras. Mascarillas para proteger y protegerse, y máscaras que caen dejando al descubierto fantasías y miserias.


La sociedad occidental, especialmente la europea, acomodada, egoísta, timorata, envejecida, lenta de reflejos, consumidora compulsiva, y adicta a la seguridad en todas sus formas, ve como su adorado estado del bienestar queda en evidencia, y de qué manera. El solemne y gran edificio ha sido demolido en un santiamén por un microorganismo que ha desatado la cara más terrible del poder de la naturaleza que pretendemos someter y dominar. Los políticos ven estupefactos cómo el tsunami les pasa por encima, y los más mediocres entre sus filas balbucean palabras que apenas nadie cree. Y los ciudadanos, todavía frotándose los ojos para cerciorarse de que esto no es un sueño, también se muestran fieles a lo que son cada uno de ellos. 


Mientras los que deberían tomar decisiones pensando solo en el bien común no desaprovechan la ocasión de hostigar al adversario para no perder la costumbre, otros, los de siempre, toman la iniciativa para auxiliar a quien lo precisa. Mientras unos se preocupan de que llegue lo esencial a quien está solo o es más vulnerable, otros exhiben egoísmo acaparando lo que no necesitan. Mientras unos se confinan y se tragan la angustia de la incertidumbre, otros se toman el confinamiento a rechifla imaginando que esto no va con ellos. Mientras los profesionales sanitarios (y otros muchos) cumplen con su cometido en primera línea, como han hecho y hacen siempre pese a que sus condiciones de trabajo en situación ordinaria ya son a menudo muy precarias y difícilmente soportables, los responsables de esas condiciones presumen de tener el supuesto mejor sistema sanitario del mundo (a costa del voluntarismo de los propios profesionales). Cada uno se pone en su sitio. 


Hace mucho que convertimos la muerte en un accidente, en un error (de alguien), en algo evitable, controlable, y la gente se lo creyó. Los más insensatos y soberbios hablan de prolongar la vida más allá de los 120 o 140 años, o incluso hablan de inmortalidad y se quedan tan anchos, sacando pecho de lo que la ciencia puede hacer por el ser humano. Si entonces la muerte, esa muerte habitualmente silenciada y mantenida fuera del campo visual, irrumpe y es retransmitida en directo, dando la falsa sensación de que antes del coronavirus no moría nadie, a alguien habrá que echar la culpa, ese será el último coletazo del delirio de control.


Aparecerán las teorías conspiratorias que responsabilizarán a taimados países, habrá acusaciones sobre las malas decisiones políticas y administrativas y los errores de previsión y ejecución (pero la culpa siempre será del otro), se mirará con sospecha a los que dirigen residencias y centros de mayores, y hasta se cuestionará a los profesionales sanitarios que en unas condiciones extremas y nunca vistas ni vividas ni entrenadas tenían que decidir a quién poner en una UCI y a quién no. Todo ello se hará sin rigor ni rubor alguno. Y en el fondo de todo subyacerá la no aceptación de que somos finitos, mortales, y extremadamente vulnerables a la contingencia, a lo no previsto, que se ha presentado con toda su virulencia.


Todos tenemos miedo, y es lógico. A nadie le apetece morirse, ni que muera un familiar o un amigo sin siquiera poder estar a su lado, que es una de las peores pesadillas de lo que está sucediendo. Pero también genera miedo la sensación de descontrol, de que no decidimos nosotros ni gobernamos los acontecimientos, sino que la naturaleza, o el universo, o el simple azar, están imponiendo su ley. Y aceptar eso exige mucha humildad, y mucho valor. 


La cuestión no es no tener miedo, la cuestión es no permitirle que se apodere de nosotros. Y la diferencia está en qué hacemos con él. Y es que ese mismo miedo nos debe impulsar a ser más solidarios. Harán falta mucha solidaridad y mucha generosidad, no solo para salir de esto, sino para sostener lo que vendrá después, con todas las secuelas que la crisis va a dejar en el interior de las personas, economías aparte.


Sí, todos tenemos miedo, y todos vamos a perder algo, o ya lo hemos perdido, aunque solo sea la libertad para hacer lo que nos venga en gana durante un largo periodo. Meter la posibilidad de la pérdida en la ecuación de nuestra vida, no como una anomalía de la que hay que culpar a alguien, sino como algo con lo que hemos convivido desde siempre, aunque no lo quisiéramos ver, nos puede liberar de una parte de ese miedo y nos ha de ayudar a levantar la mirada hacia el otro, tan vulnerable como yo, tan mortal como yo. Descentrarnos de nosotros mismos y ejercer como auténticos seres humanos con capacidades extraordinarias puede contribuir a descubrir algo que ya teníamos, pero no había emergido, porque estábamos demasiado distraídos con nuestra sucesión de actividades concatenadas. Las crisis, y el sufrimiento, tienen eso. Nos sacan de la zona conocida y nos exponen a cambios no deseados. Es una inmensa oportunidad para crecer como personas, aunque eso va a depender de cada uno. Y también debería serlo para crecer y cambiar como sociedad, pero ¿seremos capaces? 

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