Efectos secundarios

En medicina solemos asociar los efectos secundarios a algo no deseado, una consecuencia generalmente desagradable y no buscada, provocada por una actuación. Los inacabables prospectos farmacológicos relatan listas terroríficas de probables, posibles, altamente improbables o absolutamente excepcionales efectos secundarios que el medicamento en sí o alguno de sus componentes puede provocarnos.


No todo es tan tangible. En otras ocasiones he hablado y escrito sobre los efectos secundarios que puede producir la comunicación, referida a la relación establecida entre profesional y paciente en un contexto sanitario. Una comunicación deficiente puede tener y de hecho tiene casi siempre consecuencias muy negativas no solo en la hipotética relación de confianza sino directamente en el nivel de sufrimiento de aquella persona a la que se supone que queremos ayudar.



Los efectos de la buena comunicación


Pero vamos a empezar bien el año. La comunicación también produce efectos secundarios sorprendentemente positivos, y digo lo de sorprendente porque no suele haber conciencia de hasta dónde puede llegar el eco de unas oportunas palabras en el interior de quien las recibe, o cuánto puede incidir en el estado de ánimo del paciente un gesto aparentemente casual e intrascendente.


Sucede que un día alguien te recuerda cuánto le ayudó aquello que le dijiste durante una visita. Y sucede que tú no sabes a qué se refiere. Exploras con celeridad en tu memoria para no quedar en evidencia, pero no aciertas a dar ni con el referido momento ni con la frase que pronunciaste. Y si el paciente, viendo tu cara de perplejidad, acude en tu auxilio y te lo recuerda, tomas conciencia de que nunca hubieras pensado que aquellas palabras iban a actuar como un auténtico bálsamo para una dolorosa herida, o como un revulsivo para tomar una decisión.


Hace unos meses, al finalizar una ponencia, se me acercó una de las asistentes con un ejemplar de uno de mis libros en su mano. Me alegré, naturalmente, y supuse que venía a pedirme que se lo firmara (algo a lo que no me acabo de acostumbrar). Pero eso era lo de menos. Lo que me dijo me impactó en lo más profundo y no se me fue de la cabeza en unos cuantos días. Había incluido una cita de mi libro en el recordatorio de despedida de su hijita, que había fallecido a muy corta edad. Y me entregó uno de aquellos recordatorios, que guardo como un tesoro. Jamás habría imaginado que pudiera llegar a ocurrir algo semejante.



El poder de las palabras


La ciencia suele confiar poco en las palabras, las considera secundarias frente a la presunta eficacia de un fármaco o de una intervención quirúrgica, por ejemplo. Pero cuando la ciencia trata con seres humanos, las palabras pueden ser poderosas, sobre todo cuando se pronuncian o se escriben desde dentro, cuando emergen desde el núcleo esencial de la persona, cuando su autenticidad las hace creíbles. Seguimos cayendo en la tentación de buscar un resultado palpable y a poder ser inmediato en todo aquello que hacemos y decimos. Y nos olvidamos de que a veces lo más importante no sucede en el escenario sino entre bastidores, de que lo sembrado no crece ante nuestros ojos, sino que lo hace de noche y en silencio, y de que como ya dijo hace muchos años Saint-Exupéry lo esencial es invisible a los ojos.


Por eso es tan y tan importante que aprendamos a comunicarnos bien con nuestros pacientes, y que integremos ese aprendizaje en nuestro estilo de trabajo, para que lo que llevamos en nuestro interior se transmita y les llegue, tanto si nos damos cuenta como si no. Comunicarnos bien dignifica nuestra profesión, la humaniza, y la hace más eficaz en la ayuda.


Y también por eso, aunque uno a veces no puede evitar preguntarse para qué tanto esfuerzo, merece la pena seguir escribiendo, y seguir hablando, sobre temas que a la mayoría parecen no interesar. Una sola alma que encuentre algo de consuelo o de luz en nuestras palabras lo justifica sobradamente.

En medicina solemos asociar los efectos secundarios a algo no deseado, una consecuencia generalmente desagradable y no buscada, provocada por una actuación. Los inacabables prospectos farmacológicos relatan listas terroríficas de probables, posibles, altamente improbables o absolutamente excepcionales efectos secundarios que el medicamento en sí o alguno de sus componentes puede provocarnos.


No todo es tan tangible. En otras ocasiones he hablado y escrito sobre los efectos secundarios que puede producir la comunicación, referida a la relación establecida entre profesional y paciente en un contexto sanitario. Una comunicación deficiente puede tener y de hecho tiene casi siempre consecuencias muy negativas no solo en la hipotética relación de confianza sino directamente en el nivel de sufrimiento de aquella persona a la que se supone que queremos ayudar.



Los efectos de la buena comunicación


Pero vamos a empezar bien el año. La comunicación también produce efectos secundarios sorprendentemente positivos, y digo lo de sorprendente porque no suele haber conciencia de hasta dónde puede llegar el eco de unas oportunas palabras en el interior de quien las recibe, o cuánto puede incidir en el estado de ánimo del paciente un gesto aparentemente casual e intrascendente.


Sucede que un día alguien te recuerda cuánto le ayudó aquello que le dijiste durante una visita. Y sucede que tú no sabes a qué se refiere. Exploras con celeridad en tu memoria para no quedar en evidencia, pero no aciertas a dar ni con el referido momento ni con la frase que pronunciaste. Y si el paciente, viendo tu cara de perplejidad, acude en tu auxilio y te lo recuerda, tomas conciencia de que nunca hubieras pensado que aquellas palabras iban a actuar como un auténtico bálsamo para una dolorosa herida, o como un revulsivo para tomar una decisión.


Hace unos meses, al finalizar una ponencia, se me acercó una de las asistentes con un ejemplar de uno de mis libros en su mano. Me alegré, naturalmente, y supuse que venía a pedirme que se lo firmara (algo a lo que no me acabo de acostumbrar). Pero eso era lo de menos. Lo que me dijo me impactó en lo más profundo y no se me fue de la cabeza en unos cuantos días. Había incluido una cita de mi libro en el recordatorio de despedida de su hijita, que había fallecido a muy corta edad. Y me entregó uno de aquellos recordatorios, que guardo como un tesoro. Jamás habría imaginado que pudiera llegar a ocurrir algo semejante.



El poder de las palabras


La ciencia suele confiar poco en las palabras, las considera secundarias frente a la presunta eficacia de un fármaco o de una intervención quirúrgica, por ejemplo. Pero cuando la ciencia trata con seres humanos, las palabras pueden ser poderosas, sobre todo cuando se pronuncian o se escriben desde dentro, cuando emergen desde el núcleo esencial de la persona, cuando su autenticidad las hace creíbles. Seguimos cayendo en la tentación de buscar un resultado palpable y a poder ser inmediato en todo aquello que hacemos y decimos. Y nos olvidamos de que a veces lo más importante no sucede en el escenario sino entre bastidores, de que lo sembrado no crece ante nuestros ojos, sino que lo hace de noche y en silencio, y de que como ya dijo hace muchos años Saint-Exupéry lo esencial es invisible a los ojos.


Por eso es tan y tan importante que aprendamos a comunicarnos bien con nuestros pacientes, y que integremos ese aprendizaje en nuestro estilo de trabajo, para que lo que llevamos en nuestro interior se transmita y les llegue, tanto si nos damos cuenta como si no. Comunicarnos bien dignifica nuestra profesión, la humaniza, y la hace más eficaz en la ayuda.


Y también por eso, aunque uno a veces no puede evitar preguntarse para qué tanto esfuerzo, merece la pena seguir escribiendo, y seguir hablando, sobre temas que a la mayoría parecen no interesar. Una sola alma que encuentre algo de consuelo o de luz en nuestras palabras lo justifica sobradamente.

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