La palabra urgencias, al igual que sucede con la palabra gratis, ejerce un indudable magnetismo sobre las personas. En el caso de las urgencias, ese magnetismo es inmune al desaliento y desafía todas las leyes de la teoría del condicionamiento. Experiencias repetidamente negativas deberían desalentar, cuando menos, a los que acuden a los servicios de urgencias médicas sin una justificación clara. Pero no es así.

 

Una mujer muy mayor es derivada desde otro centro a las urgencias de un gran hospital. Llega con evidentes signos de dolor y discomfort, y con una vía endovenosa puesta por la que se le administra suero y supuestamente un analgésico (digo supuestamente porque horas después se comprobó que la vía no funcionaba correctamente).

 

Tras pasar por el triaje (¿?) su camilla es aparcada en un abarrotado pasillo. Allí permanecerá durante más de seis horas hasta que sea trasladada a un box y sea visitada por un médico. Mientras tanto, a los familiares se les prohíbe permanecer a su lado. La espera se convertirá en una auténtica agonía para la atribulada mujer.

 

En la sala de espera, los acompañantes de los innumerables pacientes se ven obligados a aguardar. Las horas van pasando. Algunos llevan allí más de diez horas. Muchos van desfilando por el control para solicitar información, la respuesta es que tiene N pacientes por delante, o que está pendiente de resultados, o…

 

En la misma sala de espera los acompañantes contemplamos la llegada sin fin de nuevos candidatos a ser visitados. Aún sin querer, llegan a nuestros oídos los motivos de consulta. No solo varios de ellos parece que podrían y deberían haberse resuelto en atención primaria, sino que se escuchan expresiones del tipo hace varios días que… llevo tres días con…

 

Una pantalla anuncia el tiempo medio de espera para ser visitado, que va subiendo hasta alcanzar cifras sonrojantes. Estamos a primeros de agosto. No hay ola de pandemia, no es época de gripe ni de infecciones respiratorias, no es “temporada alta”, pero da igual, las urgencias están desbordadas.

 

Urgencias es el embudo del sistema. Por infinidad de razones. El resultado final, que es responsabilidad de todos (los que planifican, los que distribuyen recursos, los que abusan del sistema, los que son adictos a la inmediatez, los que crearon este sistema paternalista hasta la saciedad…), es que pasar por urgencias en demasiados lugares es un auténtico calvario, especialmente para los más vulnerables y los que lo están pasando verdaderamente mal.

 

A todo esto, la mayoría del personal pone de su parte con amabilidad y paciencia. Pero también los hay que, embrutecidos por la sobrecarga constante de trabajo, ni te miran, ni te escuchan, y te hacen sentir como un estorbo que no debería estar allí.

 

Por si fuera poco, es obvio que en determinados lugares no han aprendido nada del reciente infierno de la pandemia, y siguen azuzando la soledad de los enfermos y manteniendo a distancia a los familiares como si fueran apestados. Es incomprensible que una persona que está sufriendo se pase por inhumano decreto horas y horas sobre una camilla sin una mano a su lado o una palabra de aliento de un ser querido. O sí lo es, porque la estructura lo hace imposible, cuando los enfermos apenas tienen espacio para ellos. Pues cámbienla. Cuando interesa, bien son capaces de hacer los cambios que hagan falta. Es una cuestión de respeto, a los enfermos, a sus familiares, y a los propios profesionales que trabajan en unas condiciones difícilmente soportables. Es una cuestión de dignidad.

 

Esa misma estructura deficiente que nadie parece tener interés por modificar supongo que también es la responsable de que a los familiares se les informe del resultado de una intervención o de un diagnóstico fatal en pie, en medio de la sala de espera, rodeados de testigos, incumpliendo las más elementales normas de intimidad. ¿Cómo es posible que en un lugar donde cada día se dan noticias que a menudo no son buenas no esté previsto un espacio para hacerlo con un mínimo de recogimiento? Y si lo hay, ¿por qué no se utiliza?

 

Desde que tengo memoria de mis inicios como médico, las urgencias han sido el talón de Aquiles del sistema. Han pasado muchos años y, a pesar de los pesares, pasar por urgencias continúa siendo demasiadas veces una fuente de sufrimiento añadido, algo que me parece imperdonable e indigno. Pero tal como he dicho, la responsabilidad va repartida. Parece un peaje del que nunca nos podremos desprender. Mientras tanto, piénselo muy bien antes de ir a urgencias, piense si realmente no hay otro modo de resolver su problema, y piense que el colapso que se crea entre todos perjudica a los que más lo necesitan.

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2 comentarios en “INDIGNIDAD”

  1. Impecable descripción de lo que vivimos cada vez que pasamos por alli. Acabo de tener testimonio de alguien que lo acaba de vivir.

    Gracias por poner palabras.

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