Decía Nietzsche que quien tiene un porqué para vivir puede soportar cualquier cómo. En la misma idea abundaron quienes, como Viktor Frankl, sobrevivieron al horror de los campos de exterminio nazis gracias a que encontraron un porqué, una razón, un sentido, al hecho de seguir vivos. Cuando tenemos un buen motivo, el esfuerzo y el sacrificio no son nunca suficientes, si el motivo lo merece.


El amor, y muy especialmente el amor a los tuyos, a quienes te aman y a quienes más amas en tu vida, suele ser uno de esos motivos o poderosas razones que nos empujan y nos dan fuerzas para soportar lo que parecería insoportable, sin ceder a la tentación del desfallecimiento, o a dejarnos llevar por el miedo o vencer por el desánimo. Lo hacemos por amor.


Sin duda, una de las tareas sobre el papel más difíciles que tenemos todos por delante es la del morir o, mejor dicho, la de vivir la última etapa de nuestra singladura. La tarea es más temible, si cabe, en esta sociedad que prefiere mirar hacia otro lado y aplicar aquello tan antiguo de vivir como si nuestros días fueran inacabables y siempre prorrogables. La obstinada negación comporta no ver que el final se acerca hasta que ya está ante nuestras mismísimas narices (y a veces ni así). E incluye también la negativa a vivir esa parte de la vida, por considerar que ya no merece la pena.


Y es entonces, en el momento en que conjeturamos si merece o no la pena, cuando podríamos plantearnos si hay algún porqué o para qué. Algo que justifique que en lugar de no pensar en el asunto con antelación ni mucho menos prepararlo, o de renunciar a esos últimos capítulos y cerrar los ojos y taparse los oídos dimitiendo por anticipado de la vida que aún es vida a la espera de que todo acabe lo antes posible, tomemos la determinación contraria. Léase, pensar en ello a fondo, concluir qué nos importaría más en ese supuesto que más tarde o más temprano nos alcanzará, y ponernos como ambicioso objetivo vivir como mejor podamos hasta el final y marcharnos en paz. 



El regalo de marcharse en paz


Hay otro hecho empíricamente observable para quienes hemos acompañado a numerosas familias en el tramo final del camino. Quien se va en paz, deja paz a los suyos. Y ese regalo es de la categoría del mayor tesoro conocido. Cuando esa etapa, previa aceptación por parte de enfermo y entorno, se vive, y se dejan fluir el amor y los sentimientos, todo aquello que nos hace más humanos, lo terrible resulta no serlo tanto, lo insufrible se vuelve soportable, la reconciliación con la propia vida se hace posible, y el desprendimiento va imponiéndose sigilosamente a los apegos, ya innecesarios. Y el recuerdo vívido de esos días, de esas miradas que hablan, de esas manos que se cogen, de esas lágrimas por amor y esas, por qué no, risas también por amor, será un casi milagroso bálsamo en las horas oscuras del duelo.


¿Merece la pena ese último acto de generosidad hacia quienes más valiosos son para nosotros, aquellos para quienes hemos querido vivir? ¿No es un legado de tal calibre un argumento de suficiente peso como para al menos intentarlo? 


Invertir en nuestro final de vida, pensando en ello, reflexionando, para tratar de estar algo más preparados cuando llegue el momento (que no hay prisa alguna), puede ayudarnos a cambiar la negación por la aceptación, y a darnos la oportunidad de que en ese lapso de tiempo que también nos pertenece sucedan cosas inolvidables para los que se quedan.


Invertimos para obtener réditos futuros, generalmente asumiendo riesgos. Invertir en el final de vida no tiene mayor riesgo que atreverse. Aunque, eso sí, la mayor parte de las ganancias serán para aquellos que más nos echarán de menos.

Decía Nietzsche que quien tiene un porqué para vivir puede soportar cualquier cómo. En la misma idea abundaron quienes, como Viktor Frankl, sobrevivieron al horror de los campos de exterminio nazis gracias a que encontraron un porqué, una razón, un sentido, al hecho de seguir vivos. Cuando tenemos un buen motivo, el esfuerzo y el sacrificio no son nunca suficientes, si el motivo lo merece.


El amor, y muy especialmente el amor a los tuyos, a quienes te aman y a quienes más amas en tu vida, suele ser uno de esos motivos o poderosas razones que nos empujan y nos dan fuerzas para soportar lo que parecería insoportable, sin ceder a la tentación del desfallecimiento, o a dejarnos llevar por el miedo o vencer por el desánimo. Lo hacemos por amor.


Sin duda, una de las tareas sobre el papel más difíciles que tenemos todos por delante es la del morir o, mejor dicho, la de vivir la última etapa de nuestra singladura. La tarea es más temible, si cabe, en esta sociedad que prefiere mirar hacia otro lado y aplicar aquello tan antiguo de vivir como si nuestros días fueran inacabables y siempre prorrogables. La obstinada negación comporta no ver que el final se acerca hasta que ya está ante nuestras mismísimas narices (y a veces ni así). E incluye también la negativa a vivir esa parte de la vida, por considerar que ya no merece la pena.


Y es entonces, en el momento en que conjeturamos si merece o no la pena, cuando podríamos plantearnos si hay algún porqué o para qué. Algo que justifique que en lugar de no pensar en el asunto con antelación ni mucho menos prepararlo, o de renunciar a esos últimos capítulos y cerrar los ojos y taparse los oídos dimitiendo por anticipado de la vida que aún es vida a la espera de que todo acabe lo antes posible, tomemos la determinación contraria. Léase, pensar en ello a fondo, concluir qué nos importaría más en ese supuesto que más tarde o más temprano nos alcanzará, y ponernos como ambicioso objetivo vivir como mejor podamos hasta el final y marcharnos en paz. 



El regalo de marcharse en paz


Hay otro hecho empíricamente observable para quienes hemos acompañado a numerosas familias en el tramo final del camino. Quien se va en paz, deja paz a los suyos. Y ese regalo es de la categoría del mayor tesoro conocido. Cuando esa etapa, previa aceptación por parte de enfermo y entorno, se vive, y se dejan fluir el amor y los sentimientos, todo aquello que nos hace más humanos, lo terrible resulta no serlo tanto, lo insufrible se vuelve soportable, la reconciliación con la propia vida se hace posible, y el desprendimiento va imponiéndose sigilosamente a los apegos, ya innecesarios. Y el recuerdo vívido de esos días, de esas miradas que hablan, de esas manos que se cogen, de esas lágrimas por amor y esas, por qué no, risas también por amor, será un casi milagroso bálsamo en las horas oscuras del duelo.


¿Merece la pena ese último acto de generosidad hacia quienes más valiosos son para nosotros, aquellos para quienes hemos querido vivir? ¿No es un legado de tal calibre un argumento de suficiente peso como para al menos intentarlo? 


Invertir en nuestro final de vida, pensando en ello, reflexionando, para tratar de estar algo más preparados cuando llegue el momento (que no hay prisa alguna), puede ayudarnos a cambiar la negación por la aceptación, y a darnos la oportunidad de que en ese lapso de tiempo que también nos pertenece sucedan cosas inolvidables para los que se quedan.


Invertimos para obtener réditos futuros, generalmente asumiendo riesgos. Invertir en el final de vida no tiene mayor riesgo que atreverse. Aunque, eso sí, la mayor parte de las ganancias serán para aquellos que más nos echarán de menos.

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