No deja de sorprenderme negativamente el empecinamiento que la ciencia muestra en justificar el altruismo como un fenómeno de autosatisfacción al que por tal motivo se le resta mérito alguno. Ya son varias las ocasiones en las que he escuchado cómo desde un tono aséptico se habla acerca de la tarea que desarrollan los voluntarios. Hace unos años incluso escuché algo similar en boca de un médico… en un acto de agradecimiento al voluntariado, lo cual era cuando menos poco adecuado y aún menos sensible. 


Y, no sé por qué será, cuando oigo este tipo de discursos que en el afán de querer demostrarlo todo le restan belleza y humanidad a la vida me viene a la mente la célebre fábula atribuida a Esopo de la zorra y las uvas.


Vaya por delante que lo del mérito a mí me da exactamente lo mismo, y a la inmensa mayoría de quienes ejercen algún tipo de voluntariado también les da lo mismo. Las personas no realizan acciones de voluntariado, recurrentes o puntuales, en busca de medallas o reconocimientos de la sociedad, ni del agradecimiento de aquellos a quienes dedican su tiempo. Lo hacen porque quieren. Como sucede con cualquier acto de generosidad. Y ahí puede estar la verdadera cuestión que me temo que la ciencia no puede ni podrá explicar nunca. ¿Por qué?


Todos lo dicen. Reciben mucho más de lo que dan. Pues claro. Pero eso que reciben no es la causa motora de lo que hacen, sino una consecuencia con la que se encuentran. Lo que perciben es intangible, no puede contabilizarse en moneda de cambio, escapa al habitual y triste sistema por el que a todo se le quiere dar un valor económico, y precisamente porque se escapa desconcierta.


La ciencia puede explicar que el voluntario lo que recibe son estímulos positivos que al generar satisfacción refuerzan su actuación, que continuará en busca de mantener los estímulos positivos. O puede justificar la generosidad con una liberación de neurotransmisores que producen bienestar. ¿Eso es todo? ¿De verdad? Si fuera tan sencillo, si todo se limitara a una ecuación bioquímica o a un balance de endorfinas o similares, ¿por qué unos dan el paso y otros muchos se lo miran? A mí me parece que desde la ciencia se puede describir lo que ocurre desde el lenguaje científico, pero no se puede alcanzar a comprender las motivaciones, los impulsos, las causas primeras que mueven a hacer lo que la mayoría no quieren hacer. Se sabe cómo ocurre, pero no por qué ocurre. 


Estar al lado del que sufre no es ninguna fiesta. Estar ahí porque uno quiere sin otra obligación que la que uno mismo se impone es difícil, y hay que ser valiente, porque a veces duele, a veces hace llorar, a veces uno se siente impotente, y a veces se sufre. Entonces ¿por qué se hace? ¿Por qué se va en dirección contraria a la que sigue la mayoría, que a poco que puede huye a estampida de cualquier tipo de sufrimiento propio o ajeno? ¿Solo buscando el caramelo de la satisfacción? ¿No será que antes hay que olvidarse un poco de uno mismo?


Todos tenemos esas virtudes. Todos tenemos escondidas en nuestro interior la generosidad, la bondad, la compasión, el amor. El problema es que a menudo no las permitimos asomarse al exterior, básicamente por miedo, miedo a sufrir, miedo a ser heridos, miedo a quedar desprotegidos, miedo a perder algo. No es cuestión de quién es mejor o peor persona, esto no es una competición. Es cuestión de qué me ayuda más a crecer como persona, permanecer encerrado en mi jaula de cristal, o abrirme a los demás, a la condición humana sufriente, a la vida. Y en la medida en que nos abrimos, el mundo es un poco más humano, y un poco mejor.

Necesitamos de la ciencia. Por supuesto. Le debemos mucho. Pero la ciencia es un instrumento al servicio del ser humano, no un dios al que venerar, ni un oráculo que nos ha de dar respuestas que no están ahí, sino que están en otro lugar, en otra dimensión, que tiene que ver con la interioridad de las personas. Y ahí la ciencia debería detenerse, con la humildad de la que carece, y aceptar que ese no es su terreno, pues en él rigen otras reglas, que no siguen la lógica científica.


La gratuidad existe, la generosidad existe, la sensibilidad y la compasión hacia el sufrimiento del otro existen. Encarnan la vocación de servir, de entregarse, de darse, porque uno desea hacerlo, desde la humildad, de persona a persona, sin cálculos. Sin más.

No deja de sorprenderme negativamente el empecinamiento que la ciencia muestra en justificar el altruismo como un fenómeno de autosatisfacción al que por tal motivo se le resta mérito alguno. Ya son varias las ocasiones en las que he escuchado cómo desde un tono aséptico se habla acerca de la tarea que desarrollan los voluntarios. Hace unos años incluso escuché algo similar en boca de un médico… en un acto de agradecimiento al voluntariado, lo cual era cuando menos poco adecuado y aún menos sensible. 


Y, no sé por qué será, cuando oigo este tipo de discursos que en el afán de querer demostrarlo todo le restan belleza y humanidad a la vida me viene a la mente la célebre fábula atribuida a Esopo de la zorra y las uvas.


Vaya por delante que lo del mérito a mí me da exactamente lo mismo, y a la inmensa mayoría de quienes ejercen algún tipo de voluntariado también les da lo mismo. Las personas no realizan acciones de voluntariado, recurrentes o puntuales, en busca de medallas o reconocimientos de la sociedad, ni del agradecimiento de aquellos a quienes dedican su tiempo. Lo hacen porque quieren. Como sucede con cualquier acto de generosidad. Y ahí puede estar la verdadera cuestión que me temo que la ciencia no puede ni podrá explicar nunca. ¿Por qué?


Todos lo dicen. Reciben mucho más de lo que dan. Pues claro. Pero eso que reciben no es la causa motora de lo que hacen, sino una consecuencia con la que se encuentran. Lo que perciben es intangible, no puede contabilizarse en moneda de cambio, escapa al habitual y triste sistema por el que a todo se le quiere dar un valor económico, y precisamente porque se escapa desconcierta.


La ciencia puede explicar que el voluntario lo que recibe son estímulos positivos que al generar satisfacción refuerzan su actuación, que continuará en busca de mantener los estímulos positivos. O puede justificar la generosidad con una liberación de neurotransmisores que producen bienestar. ¿Eso es todo? ¿De verdad? Si fuera tan sencillo, si todo se limitara a una ecuación bioquímica o a un balance de endorfinas o similares, ¿por qué unos dan el paso y otros muchos se lo miran? A mí me parece que desde la ciencia se puede describir lo que ocurre desde el lenguaje científico, pero no se puede alcanzar a comprender las motivaciones, los impulsos, las causas primeras que mueven a hacer lo que la mayoría no quieren hacer. Se sabe cómo ocurre, pero no por qué ocurre. 


Estar al lado del que sufre no es ninguna fiesta. Estar ahí porque uno quiere sin otra obligación que la que uno mismo se impone es difícil, y hay que ser valiente, porque a veces duele, a veces hace llorar, a veces uno se siente impotente, y a veces se sufre. Entonces ¿por qué se hace? ¿Por qué se va en dirección contraria a la que sigue la mayoría, que a poco que puede huye a estampida de cualquier tipo de sufrimiento propio o ajeno? ¿Solo buscando el caramelo de la satisfacción? ¿No será que antes hay que olvidarse un poco de uno mismo?


Todos tenemos esas virtudes. Todos tenemos escondidas en nuestro interior la generosidad, la bondad, la compasión, el amor. El problema es que a menudo no las permitimos asomarse al exterior, básicamente por miedo, miedo a sufrir, miedo a ser heridos, miedo a quedar desprotegidos, miedo a perder algo. No es cuestión de quién es mejor o peor persona, esto no es una competición. Es cuestión de qué me ayuda más a crecer como persona, permanecer encerrado en mi jaula de cristal, o abrirme a los demás, a la condición humana sufriente, a la vida. Y en la medida en que nos abrimos, el mundo es un poco más humano, y un poco mejor.

Necesitamos de la ciencia. Por supuesto. Le debemos mucho. Pero la ciencia es un instrumento al servicio del ser humano, no un dios al que venerar, ni un oráculo que nos ha de dar respuestas que no están ahí, sino que están en otro lugar, en otra dimensión, que tiene que ver con la interioridad de las personas. Y ahí la ciencia debería detenerse, con la humildad de la que carece, y aceptar que ese no es su terreno, pues en él rigen otras reglas, que no siguen la lógica científica.


La gratuidad existe, la generosidad existe, la sensibilidad y la compasión hacia el sufrimiento del otro existen. Encarnan la vocación de servir, de entregarse, de darse, porque uno desea hacerlo, desde la humildad, de persona a persona, sin cálculos. Sin más.

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  1. Gracias juan carlos, cuánta verdad. No persigo en mis voluntariados más que el bien del otro y cierto que la consecuencia es mi felicidad. Yo también me he encontrado alguna vez con resistencias de algún psicólogo en hospital con mi labor, làstima pues todo suma en bien del enfermo! Y éste se sorprende al principio pero luego agradece “precisamente” la gratuidad de la compañía, sin prisas, se relajan pues hay contención, hablan, lloran, callan. Simplemente es bonito el intercambio de humanidad, eso me basta.

  2. Es verdad que para dar primero es el olvidarse de uno mismo
    Per en algunas ocasiones me he encontrado que detrás de una ONG hay un proyecto de realización personal

  3. Gracias porqué este escrito que hace perder el miedo a realizar algun tipo de voluntariado, pues en alguna ocasión al verbalizar sentir dolor en la contemplación del sufrimiento de personas sufrientes se me devolvió por una persona profesional sanitaria como si hubiese en mí objetivos egoístas y me hizo pensar que yo no debía seguir haciendo ese voluntariado, aunque quizás esa fue precisamente mi excusa para dejarlo. Pero cuanta verdad hay en la desconfianza hacia las personas que dan gratuitamente en nuestra sociedad, todo lo enmascaramos con la manipulación y el narcisismo reinante en nuestra sociedad actual. Que buen planteamiento el de su escrito, pues realmente hace falta un debate a fondo sobre este tema tan importante como es la ayuda desinteresada al necesitado, que por cierto siempre proporcionará gran satisfacción al que lo realiza, lo cual no quiere decir que esa persona lo haga por egoismo.

  4. Nunca he estado en contra de la acción del voluntariado, al contrario. La gratuidad, la compasión en acción, la felicidad impagable de la entrega….es lo que perfecciona nuestra humanidad y la acerca a la verdadera trascendencia. Pero para ello es necesario que el voluntario/a se haga consciente de las motivaciones no tan altruistas que le llevan a estar ahí donde es difícil estar. Estar a la escucha de quién le cuestiona la gratuidad, aceptar el desinflamiento del ego ayudador, y a partir de ahí seguir ayudando a quien lo necesita y lo recibe bien. Entonces la labor voluntaria y gratuita empieza a ser verdaderamente liberadora para quien da y quien recibe. Esta integración de autoconocimiento es muy importante, hasta que no se hace es lícita la crítica.

  5. Bienvenidos los proyectos humanitarios, solidarios, voluntarios que produzcan tantos bienes como generan. El fin último del acto voluntario no es beneficiarse uno mismo, aunque todo acto de bondad, a la larga siempre redunde en nuestro beneficio. La ciencia no puede explicar la voluntad, el compromiso y lo que hace que ante un mismo hecho unos nos dejemos llevar por la inercia, otros reflexionemos y otros lleguemos a actuar. Eso es algo más complejo. La ciencia está a nuestro servicio y no al revés y afortunadamente hoy en día hay muchas cosas que no pueden explicarse por la mera interacción de sustancias químicas.
    Gracias por tus reflexiones.

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