Es un hecho que las personas tienen mucho más miedo a sufrir que a morir, y el proceso de morir lo asociamos de manera automática al sufrimiento. Nos parece que quien está muriendo, viviendo sus últimas horas, a menudo ya sin una consciencia lúcida, está sufriendo, y eso nos hace sufrir a nosotros. Pero ¿eso responde a la realidad?
La “casi muerte” de Montaigne
En el siglo XVI vivió Michel de Montaigne, que se hizo célebre por sus “Ensayos”, un libro diferente a todo lo publicado hasta entonces. En uno de sus ensayos explica que a los 36 años sufrió una violenta caída del caballo, quedó inconsciente durante un par de horas, luego volvió a la vida, y mientras lo llevaban en volandas hacia su castillo él, aturdido y confuso, sentía que se moría. Pero lo hacía con tranquilidad, como complaciéndose en dejarse ir definitivamente, como quien se deja vencer por el sueño, y sin angustia alguna. Eso contrastaba con lo que estaban contemplando sus sirvientes y familiares, que veían alarmados a un hombre ensangrentado, muy inquieto, que se revolvía y se desgarraba la ropa. Pero él no sentía dolor ni preocupación alguna, sentía placidez y felicidad, y si morir era eso ya le parecía bien morirse. Fue como un ensayo de su muerte, de la cual estuvo muy cerca. Y comprobó que esa placidez que él había sentido ocurría al mismo tiempo que a la vista de los presentes lo que había era agitación y sufrimiento.
Montaigne concluyó que no debíamos preocuparnos por cómo morir, que bastaba abandonarnos en brazos de la naturaleza, que sí sabía cómo llevarnos al otro lado. Eso modificó su relación con la muerte a partir de entonces.
Su frase “no te preocupes por la muerte” no es una llamada a no pensar en ella desde la negación y el miedo (lo que caracteriza a nuestra época), porque la negación nos empuja a querer controlar y a resistirnos, y no nos permite dejar fluir la naturaleza. Su “no te preocupes por la muerte” nos lleva a confiar, y a ver a la naturaleza en estos momentos trascendentes del tránsito como un aliado y no como un enemigo.
Las ECM y lo que ocurre al morir
La experiencia de Montaigne encaja con los múltiples relatos de ECMs, de personas que, como él, han estado al borde de la muerte (o han estado muertos clínicamente y han vuelto a la vida), y que nos hablan de la ausencia de dolor o de miedo, de un estado de paz absoluta, del deseo incluso de no volver porque están muy bien donde están, y de la pérdida del temor a la muerte una vez han retornado a la vida. Eso es lo que se explica en miles de relatos que están bien documentados.
Tal vez es hora de asumir que lo que le sucede al cuerpo (lo visible, lo aparente, lo tangible) y lo que le sucede al alma en estos momentos críticos no son dos líneas paralelas sino divergentes. Tal vez hemos de empezar a creer que, cuando estamos asistiendo a un proceso de agonía, lo que vemos (que es lo que nos inquieta, nos hace sufrir, y nos hace desear que todo termine cuanto antes), puede no tener nada que ver con lo que está experimentando el ser que se va, que se despide, ese ser o alma que no vemos con nuestros ojos físicos pero que tal vez podemos llegar a percibir, desde un lugar más sutil, si nos abrimos a esa percepción y no nos dejamos cegar por lo aparente. Pero a esa conclusión no llegaremos desde la razón ni desde las pruebas científicas, sino desde la humildad y la sabiduría que no temen al misterio y le ceden un espacio.
Merece la pena tener esto muy en cuenta, porque puede ayudarnos a vivir con más serenidad el tránsito final de las personas a las que acompañamos. Piensa en ello.
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