DECIDIR EL MOMENTO DE IRSE

Foto de carretera que atraviesa el agua y desaparece en la niebla. Al fondo casi a punto de desaparecer, se atisban dos figuras humanas. Final de Vida.

En mi trayectoria profesional como médico de familia dedicado a los cuidados paliativos he acompañado infinidad de procesos de final de vida. Es una experiencia que comporta un enorme aprendizaje e impulsa el crecimiento personal, al tiempo que plantea muchas preguntas para las que la ciencia (afortunadamente) no tiene ni tendrá respuesta.

Una de esas cuestiones, surgida de vivencias reales, se fue convirtiendo poco a poco en una intuición y finalmente en una sensación con más aires de certeza que de otra cosa: el convencimiento de que las personas deciden cuándo y cómo han de marcharse, y a veces eligen cuidadosamente el momento.

Muerte y misterio

Alrededor del proceso del morir suceden múltiples fenómenos sin explicación racional. Lo sé porque existen gran cantidad de estudios y testimonios al respecto, y lo sé porque los he contemplado no pocas veces, tal como exponía en mi artículo Los fenómenos cercanos a la muerte.

Paisaje el sol poniéndose tras un campo con árboles, intentando evocar el misterio de la vida y la muerte.

Uno de estos fenómenos, si es que se puede llamar así, es la constatación de que cuando se acerca el final, y siempre y cuando el exceso de intervencionismo no lo impida, el momento no se produce de manera simplemente biológica, sino que participan otros factores. Todos conocemos casos en los que enfermos en situación muy grave han esperado la vuelta de un ser querido, incluso estando en coma, para exhalar su último aliento. O casos en los que el fallecimiento se ha producido justo cuando estaban los que tenían que estar, o no estaba quien no había de estar, o el enfermo “gozaba” de un escaso minuto de soledad. Todo atribuible a la casualidad desde la frialdad de quien está limitado al corsé de su racionalidad. O todo atribuible al misterio que envuelve a la muerte como no puede ser de otro modo, y que nos da margen a interpretar desde nuestro sentimiento y sabiduría interna.

Pero en esta reflexión quisiera ir un poco más allá. Cuando decimos que el enfermo decide el momento no nos referimos al cerebro de un cuerpo biológico aún con vida. Es una decisión que procede de un lugar mucho más profundo que las últimas neuronas funcionantes, y que tiene que ver con el ser, con esa alma que habita en cada uno de nosotros y de la que tan a menudo nos sentimos muy desconectados. Siguiendo con el símil que utiliza muy acertadamente Emilio Carrillo, una cosa es el vehículo (con el que tendemos a identificarnos) y otra el conductor. Y aquí nos referimos a que quien decide es el conductor, no el vehículo.

Puesta de sol en el mar, con preciosos colores anaranjados, evocando el Final de la Vida

He vivido de cerca casos en los que el curso vertiginoso de los acontecimientos, sin relación lógica con los hallazgos clínicos ni con lo que podía ser previsible desde el punto de vista médico, me llevaban a la intuición, compartida con otras personas implicadas, de que todo era consecuencia de una decisión invisible e intangible, tomada por “el conductor”, y que era sorda y ciega a lo que ocurría en superficie. Tal como le sucede también al protagonista de mi novela Réquiem en el Camino.

 

¿Quién decide?

Lo que estoy describiendo sucede en un plano distinto a aquel en el que estamos acostumbrados a manejarnos. Desde la mentalidad del control, desde la medicalización de los procesos de muerte, o incluso desde el ejercicio del derecho a decidir, nos quedamos en la superficie, y sin duda con frecuencia imponemos nuestra ley desde ahí. Otra cuestión muy distinta es lo que sucede en niveles profundos y sutiles.

Desde mi humilde opinión, la coherencia y el alineamiento entre ambos niveles es una de las claves para que el tránsito suceda de forma más pacífica. Cuando las actuaciones externas acompañan a la decisión interna y se acompasan con ella, todo suele fluir de manera más serena y plácida, mientras que cuando sucede lo contrario las cosas se suelen complicar de un modo u otro, y extienden el malestar sobre el posterior proceso de duelo.

Vias del tren que desaparecen en el horizonte, en un escenario de puesta de sol, evoca el camino a recorrer hasta el Final de la Vida

Sé que no es nada fácil buscar esa coherencia, porque demasiadas veces “el conductor” no tiene voz ni voto o es casi un desconocido para nosotros mismos y para su entorno. Precisamente por eso, el acompañamiento espiritual al final de la vida puede ser esencial para descubrir y favorecer esa armonización. Y es que descubrir quién somos realmente y para qué estamos aquí es sin duda una de las tareas más complejas y al mismo tiempo más apasionantes que hemos de llevar a cabo en nuestra vida.

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