En plena irrupción y explosión de la IA, también en el mundo de la salud, el riesgo de quedar reducidos como personas a un conjunto de datos analizables para obtener la mejor respuesta está ahí, presente y amenazante.
En mi libro recién publicado Cuidar la salud en libertad dejo clara mi postura. El objetivo del cuidado de la salud de las personas es, por encima de todo, serles de ayuda desde una visión global, no limitada a medir parámetros, llegar a un diagnóstico y aplicar un tratamiento sin tener en cuenta a quién tenemos delante y a sus circunstancias, porque eso es lo que deshumaniza el cuidado de la salud.
A propósito de ello, he recuperado un artículo que escribí y publiqué en plena pandemia, titulado La confusión y la presencia. A continuación, comparto un fragmento del mismo, basado en una experiencia personal:
Vino a verme un matrimonio muy mayor. A él ya lo había visitado en diversas ocasiones, pero esta vez me traía a su esposa, una mujer afectada de una avanzada demencia que acudía con una muñeca entre sus manos y un peine con el que de vez en cuando trataba de acicalarla. Después de que él me hiciera un breve resumen de la historia de ella y de la medicación que tomaba, pasamos a la sala de exploración. La ayudamos a sentarse en la camilla, y tras alguna suave maniobra de acercamiento para tratar de que estuviera tranquila procedí a colocar el manguito para tomarle la tensión, cosa que hice con toda la delicadeza posible. Pero en cuanto notó que el manguito empezaba a presionar su brazo empezó a gritar sin control. Sus reiterados “no, no, no”, expresaban rechazo y miedo frente a algo extraño que no entendía. El semblante de su esposo era una mezcla de dolor y al mismo tiempo de turbación. Entonces pasé a hablarle con calma, a darle seguridad con palabras dichas en el tono más sosegador que pude al tiempo que retiraba el manguito renunciando a recabar unos datos que las circunstancias convertían en prescindibles, y ella se fue serenando, agarrada a su muñeca.
La exploración física quedó en una mera tentativa. Ella no la necesitaba, como no necesitaba ningún protocolo de salud. ¿Para qué? Ella lo que realmente necesitaba era sentir que su mundo paralelo no era amenazado, en su vida le bastaba con el afecto de las pocas caras que reconocía (la de su esposo y la de una persona que les ayudaba en casa) y con la seguridad que le otorgaba su entorno conocido, su hogar. Mientras volvíamos hacia la mesa del despacho, su esposo me dijo con voz conmovida y agradecida: “Es usted un buen amigo”. Parecía sorprendido de mi reacción. No volví a visitarla en la consulta, a partir de aquel día la visité siempre en su domicilio, y no se volvió a repetir aquel episodio, del que aprendí una lección.
Los datos, los parámetros, los protocolos, han de estar al servicio de la persona humana, y no al revés. La pregunta no es qué necesito yo como profesional para llegar a un diagnóstico, sino qué necesita de mí la persona enferma en este momento y, sobre todo, cuáles son sus prioridades, y no las mías.
Que la tecnología, los datos, y la obsesión por acatar lo que la estadística asocia a una mayor probabilidad de supervivencia no nos ofusquen ni nos hagan perder de vista nuestra verdadera vocación como profesionales sanitarios: ayudar a las personas, aliviar su malestar y favorecer su bienestar, que es el auténtico núcleo de la salud.



